06 abril 2008

Diferencia entre autor y narrador

Hay lectores que confunden al autor con el narrador. Veamos.
Autor es quien realiza una obra; en literatura, es quien la escribe (no solo el que la firma, que ya hablaremos de la figura del negro, otro día). Y narrador es el personaje que cuenta la historia, quien lleva el relato. Por favor, me diréis, ¡no somos tontos! Vale, entonces digo, yo, ¿por qué algunos se sorprenden en las presentaciones de libros, como en el caso de mi última novela negra y descubren que el autor no es muy alto ni tiene la frondosa mata de pelo rizado que luce el protagonista narrador de su libro? ¿Lo veis? Ellos esperaban que al autor guardase un parecido físico con el detective narrador, y por desgracia, se sienten defraudados. (Oiga, oiga, que tampoco soy un Toulouse Lautrec, eh? Ciento setenta y tres centímetros descalzo). Bien. Esta "confusión" se da, sobre todo, cuando el autor utiliza la figura del narrador en primera persona. Con el “yo” por delante. Hay autores que se expresan mejor en primera y otros en tercera persona. “Él caminaba cuando la encontró tendida en el suelo”. A mí me gusta más en primera persona; parece que la gente se cree más que había alguien tendido en el suelo, y espera una descripción más fidedigna. Pero hay gustos como colores. Y temáticas propicias para cada modalidad narrativa.
A veces se cree que las obras son autobiográficas, porque el lector interpreta un paralelismo excesivo con lo que él cree conocer sobre la vida del autor, y yo me pregunto: ¿No será porque la historia está bien contada y se ha seducido al lector hasta el extremo de embaucarlo?
Personalmente, han llegado a presentarme como médico (sí) y a la vez estudiante de criminología (falso). Error al no entender una contraportada. Que conste que esa confusión me la refanfinfla, con perdón, pero no desperdiciaré esta ocasión para, como Umbral, hablar de “mi-li-bbrro”. Es más: creo que estoy empezando a saborear esa traslación de roles en mi vida gris de funcionario de la Seguridad Social. Je, je. Qué divertido.
Digo que puede ser malinterpretado uno, cuando el lector hace un traslado de personalidades y/o circunstancias de la ficción a la realidad y asimila las andanzas del narrador a las propias del autor. Y así, a mí me han imaginado, sin duda, en lujuriosa postura, mientras que en otras obras me han vislumbrado como un sanguinario, un suicida, o un transexual, por ejemplo. Siendo incierto, por cierto; genera cierto desconcierto. (Y yo me divierto con el aserto)
Pienso en aquello del alter ego, en qué hay de autobiográfico en su obra, qué le ha prestado usted al protagonista, qué realidad hay en sus retratos, quién es su trasunto y todo lo que pregunta el lector en su pleno derecho de saber acerca una obra (…y de su autor).
Si De lo que rebosa el corazón habla la boca, también se dice Dime de lo que presumes… y Perro ladrador… refranes contradictorios.
En el núcleo de la novela actual, o en su estratosfera, se impone el motivo impactante, la intriga, la crudeza histórica. El estilo, siendo importante, está pasando a un segundo plano. El "qué se dice" trasciende más que el "cómo se dice"; cuando antaño lo único valorable en literatura era el cómo. Lo que demanda el público es la mediatez audiovisual y de los otros sentidos, creo yo. Y lo que caracteriza al género negro no es precisamente el madrigal o el villancico; ni el colorín colorado. Pero hay que cuidarlo todo. Y que conste que un servidor en sus orígenes fue niño precoz de sonetillos, romances y tetrástrofos monorrimos. O sea, una poesía que no le interesaba ni a mi novia, musa y destinataria de casi todo lo que salía de mi pluma; es un decir.
A propósito, otra de las cuestiones que suele preguntar la gente es qué opina la pareja del autor de novela negra; como si tuviese que sentirse molesta por tocar los temas que se tocan (que dicho sea de paso ya no escandalizan ni a beatas ni a seminaristas). Mi mujer se ríe como diciendo:” mira que te gusta liar a la gente; anda, vamos al súper, que llenemos la nevera como tu cabeza de fantasías…” Escribir es un juego, y además, puede ayudar también con la intendencia, que conste.
Ella sabe lo que encierran mis palabras, lo que no encierran, lo que tenían que encerrar y lo que se quedó encerrado para siempre entre líneas. Hace treinta años que nos conocemos, desde 1978; veintiuno de los cuales vivimos felizmente casados. Muchos novelistas están separados o solteros, (singles, dicho en guiri), y desconozco si eso facilita meterse en el pellejo de un chulo de putas o de un matón. Lo que importa es oír testimonios de protagonistas reales, leer mucho y ver películas; como en la homeopatía, tambien sirve vivir situaciones infinitesimales que luego pueden inflamarse y exacerbarse con ese microspcopio de la fantasía que es la imaginación. Algo ampliable con el ejercicio y los años, pero no necesariamente con la química; si bien el alcohol estimula la elucubración de situaciones ingeniosas y pintorescas, puede ser perjudicial para concretar y peor aún para corregir. (Oportuna la copa aliada Agatha Christie, el güisqui de Paco Umbral, el rioja de Vázquez Montalbán…) Sin embargo el café, ¡oh, el café!, ¿qué hubiera sido Honorato de Balzac sin la cafeína? Balzac, sin duda era hipotenso,
La vida de escritor no tiene por qué ser disoluta para plasmar la sociedad más recóndita y oscura, de la misma manera que el médico no ha de padecer tuberculosis para sanar a su paciente tísico. Dejad pues, amigos, que folle o mate el protagonista narrador, sin que importe que el autor sea marido casto, fiel esposa y/o un presunto asesino.
Y ahora trascribo una pequeña conversación de mi última novela negra, con perdón. Es que viene muy a pelo.

(Tomado de Autopsia de la novela negra. Ed. Berenice. VBG, 2007)

Bufalino, en una de aquellas tardes, de nuevo pontificaba sobre la novela en general, la negra en particular.–Clásicamente se divide al narrador en tres categorías según el pronombre personal. Primera, segunda y tercera persona. Y también atendiendo al conocimiento de los hechos, el narrador omnisciente y el testigo.
–¿Cuál me aconsejas? –le preguntó Santana.
–Hombre, del mogollón de novelas que he leído, confieso que me han gustado más las narradas en primera persona. Hace que te identifiques más con el protagonista. ¡Ojo, que a veces este ha sido el asesino…!
–Será porque sois colegas.
Bufalino rió sardónicamente. Y prosiguió.
–La verdad está repartida entre todos los personajes, pero el narrador omnisciente lo sabe todo. Si decimos: “Juan pensaba matarlo y lo hizo porque la chica no accedió a sus pretensiones”, estaría bien al final de la novela, como veredicto, pero no al principio. Si no se maneja con maestría, el enfoque omnisciente puede restar intriga a la trama. Porque en ese caso…
–Parece que habla la CIA, o el juez, o la Interpol –intervine yo.
–O Dios… –añadió el ex sacerdote Santana.
–Claro –continuó Bufalino–. Sin embargo, el narrador testigo es otra cosa. Es parte del avance. Un aliado del lector desde el comienzo de la acción.
–Eso, eso, Bufa, habla del tiempo de narración…
–Joder, que esto no tiene secretos para mí –fanfarroneó el gordo–. El tiempo de la narración, que no suele coincidir con el tiempo real, puede ser en presente o en pasado.
–¿Tú qué tiempo prefieres?
–Según. Depende. Escribir en pasado suena a rancio, pero la mayoría de las obras clásicas están escritas así. El presente es más expectante, ¡no te jode! Hay escritores de presente y de pasado, como los hay de primera, de segunda o de tercera persona. Allá cada cual. Ese también es ahora tu problema.
–Mi principal problema es que crean que lo que escribo me ha sucedido tal cual a mí –dijo Eloy con cara de circunstancias.
–Amigo, eso es muy común. ¿Y qué…?
–A muchos autores les preocupa –incidí yo mismo.
–Uno de los miedos del escritor es verse demasiado proyectado en su obra.
–Que confundan su obra con una autobiografía, ¿no? –recalqué.
–Sí. Pero que sea cierto o falso no importará tanto a la gente como que sea bueno o malo lo contado.
–Las novelas suelen mentir siempre –afirmó Santana.
–Como mínimo exageran la verdad, la disfrazan en aras de conseguir un mayor efectismo. Vale. Aunque los episodios de cada libro no se ciñen a la realidad, el lector puede percibir el mar de fondo de su obra
–Lo cual pone al lector en guardia sobre las preocupaciones del autor.
–Exacto, Eloy. A veces, el autor se proyecta: fantasías, deseos frustraciones… En la novela negra este tema aún sería más peligroso. Más de un lector podría suponer que el autor es un asesino en potencia, que está tratando con un ladrón, un violador, un sádico… y si no, su prima, su vecino o la madre que lo parió. A la mayoría se la suda, por cierto.
–Eso sería de paranoicos –aduje.
–Es el riego de enmarcar las obras en concretos marcos geográficos y temporales. Por tanto, quedémonos con el fondo y no con los detalles. Pero, en el fondo, ¿a quién le importa?
–Eso, eso, ¿a quién le importa…? –remachó Eloy.
–Quienes se han criado en los bajos fondos, en los suburbios de la capital, quienes han padecido la infancia traumática, sin duda, proyectarán sus experiencias en las obras. Tal como Carlos Dickens hizo con Oliver Twist o Víctor Hugo en Los miserables.
–Lo importante es que el lector respire el ambiente.
–Describirlo bien, ¿no…? –reforcé a Eloy.
–¡Describir un ambiente no es difícil! –se enfadó Bufalino–. Crearlo ya es otro cantar…
Yo aporté estúpidamente que no había que ser, a la fuerza, un delincuente ni haber nacido en un barrio marginal de una gran urbe. Que cualquiera podría escribir sobre un suceso de su barrio, una noticia luctuosa, un desastre anunciado o sin anunciar, un trallazo en la memoria de la gente. Cualquier acontecimiento puede sugerir y cimentar una gran novela negra.
–Sí hay que beber de las fuentes de la cotidianidad, sin ir más lejos –sentenció Bufalino–. Pero con un afán investigador.
–La realidad supera a la ficción –afirmó Eloy Santana–. Siempre se ha dicho.
–En efecto, el día a día está salpicado de contenidos violentos. El crimen organizado, la corrupción, los delitos de toda índole, la temática sexual, incluida la violencia de género… –recapituló Bufalino.

(Autopsia de la Novela Negra.VBG, Ed Berenice, 2007)